autopistas

ACTITUD

Puigdemont dice que la democracia española está enferma. En Madrid no faltan voces que acusan a la catalana de lo mismo. Se habla del uso partidista y propagandista de los medios. Hay estopa para casi todos. De aquí y de allí. Las reglas del juego se ponen en entredicho. Se contrapone legitimidad a legalidad igual que durante la crisis financiera se contraponía legalidad a moralidad.

Un país serio respeta sus leyes, dicen. Y es verdad. Lo que no dicen es que este país ha hecho leyes para que pasen cosas de risa. Como rescatar autopistas. Como que haya monstruos privados que operen sin riesgo porque por ley los rescatamos. Que para salvar a los bancos, por ley liquidaron el fondo de garantía de depósitos, con lo que si ahora uno quiebra a ver quién es el guapo que nos explica de dónde sacarán los hasta 100.000 euros por titular que, aún por ley, nos deberían dar. El Banco de España y la CNMV actuaron irregularmente los primeros años de la crisis, y teóricamente son nuestros guardianes en tanto que supervisores. El sistema de pensiones está en quiebra. Los presupuestos de la Generalitat o del Estado nunca se cumplen.

Quizá sí estamos todos enfermos. Quizá convivimos en un frenopático, en un permanente diálogo de sordos. Tenemos instituciones que no nos sirven, sino que en muchos casos se sirven. Somos más importantes como consumidores que como votantes, o por lo menos en masa podemos alterar antes la realidad. Las instituciones no gozan de buena reputación. La Monarquía, para algunos, sigue estando en el punto de mira, igual que la Iglesia o la UE… Las corporaciones privadas mandan sobre lo esencial.

CREER EN ALGO TRANSFORMADOR

Sinceramente, ante el panorama descrito, y confiando lo justo en la colectividad, la pregunta que acecha es esta: ¿cómo seguir viviendo sin que te coman la angustia o el cinismo? ¿Dónde encontrar ilusiones que aún parezcan posibles y puras? No vale vivir en la estupidez ni en un conformismo que te arrastre a rebajar planteamientos y por declinación a la mediocridad. Así pues, ¿cómo creer en algo transformador hoy?

Los partidos, nuevos o viejos, parecen un chiste de mal gusto, y en ellos nadie puede hoy ver o sentir la esperanza que necesitamos. Pepe García es un vecino mío que se ha pasado más de media vida trabajando de albañil y, desde hace unos años, de portero de una finca. Le falta un mes para jubilarse y ya echa de menos a los vecinos del bloque. Cuando le hablas de política, salta. «Yo ya los conozco a todos y solo creo en el trabajo», me dice. Y será el trabajo, o el cultivo de las amistades, o la familia, o la creatividad o el arte lo único que hoy nos salve individualmente. Lo que nos aleje del cabreo y la depresión.

Así que ya que lo único que tenemos es la actitud, encontremos nuestro motor real y entreguémonos a él, porque desde esa fuerza tal vez colectivamente llegaremos a algo mejor.

 

(artículo publicado en el Periódico el dia 14/02/17)



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